El retorcido paisaje de la muerte se extendía ante el deva. A sus espaldas, sus mil vidas pasadas: Antes había sido el arquero que disparó la flecha que subió hasta el sol y que luego viajó ardiente hasta el pecho de Ravana, acabando con el infame demonio para luego limpiarse en el mar y volver al carcaj de su amo. Y antes fue Narasimha, mitad hombre y mitad león; nacido para enfrentar a Jirania Kashipú, quién se jactaba de no poder ser muerto por hombre o bestia, ni de día ni de noche, dentro o fuera de su palacio y que finalmente se probó equivocado. Mucho antes había nacido como el pez que guío al primer barquero por el mar astral, aquel del que nunca mas se supo. Y también estaba seguro de que había sido el principio, un haz de luz viviendo entre los dioses. Había jurado entonces servir los designios de la Reina Cuervo.
Pero todo eso escapaba a su memoria. De hecho, casi todo lo hacía. Adelante, veía una infinita estepa yerma y reseca, surcada por un río de sombras y un camino que todas las almas deben seguir hacia Lethernia, el palacio de la reina muerte. Un mal giro en un cruce, o el giro correcto pero a una velocidad inadecuada. Un encuentro con un espectro. Un solo error, una sola mancha en la pureza del alma podría resultar en reencarnar como un Rakshasa, un espíritu maligno: mugre en el pie de Brahma.
Por eso el deva caminaba despacio. Avanzaba por inercia, lo único reconocible en su marcha era una especie de obstinación lastimosa. se vendía a mi mismo la ilusión de que quería continuar, de que debía volver al palacio con su señora. Y marchó por años, meses y días en ese páramo sombrío, siguiendo esa soñolienta ilusión monocromática que reconocía por destino.
Hasta que dobló por el camino equivocado.
La primera señal de alarma debió haber sido un súbito reconocimiento de su propia existencia en relación con el mundo. La segunda fue haberse dado cuenta de que se dio cuenta de algo. Le prestó poca atención a dichas señales, de todas maneras, pues ante sus ojos se hallaba nada menos que el factor desencadenante de esa pequeña crisis: frente a él, en medio de la nada se disponía una puerta. No cualquier puerta. Sobre esta puerta se hallaba un cuervo.
El deva se arrodilló en reverencia. No solo era el único ser que había visto en este sueño, era la viva imagen de su señora. El fin de su búsqueda. El objeto de su devoción. Aquel ideal de un ciclo de Vida y Muerte que vivía (o soñaba) para amar. Se incorporó con el sol que ahora brillaba y en canto lastimoso pronunció:
"¡Oh Augurio! -suplicó - hermoso ser, profeta eres, ángel alado! ¿De la Reina enviado o acaso una corriente astral trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje, a esta morada espectral? ¡Mas te ruego, dime ya, te imploro, si existe un mundo mas allá!"
El cuervo movió despacio la cabeza.
"¡Oh Profeta! -gritó el deva - ser malvado, profeta eres, diablo emplumado! Por la Diosa que veneramos, por el manto celestial, dile a este desventurado si en la sombra lejana a la Reina, señora espectral, un día podré abrazar".
El cuervo nuevamente negó con la cabeza.
Luego chilló y se marchó volando mientras una tormenta se despertaba sobre ese desolado lugar. Tal vez siempre estuvo lloviendo, solo que el deva no lo había notado hasta entonces. El clima parecía reflejar su ánima: nada en su nada, sol en su regocijo y ahora, truenos en su desesperación.
De pronto, escuchó de nuevo: pero esta vez no fue un cuervo, fue una voz de trueno que le cantaba un nombre directamente a su muerto, perdido y desdichado corazón. Un nombre que de inmediato reconoció.
Entonces comprendió, como había comprendido tantas otras veces.
Y así, con una misión en el corazón que ahora latía y con el olvidado nombre de su reina en los labios, Alastor tomó forma y sin mas cruzó la puerta; abandonando el yermo páramo de la muerte para renacer una vez más en el plano mortal.